Café sin azúcar
el café es un veneno lento;hace treinta años que lo bebo…Archivos para julio, 2008
.:Microcuento: Café largo y sin azúcar:.
El notario D. Julián Barrena y Casas, es demasiado serio para creer en el amor, de hecho ya no cree en casi nada. A punto de jubilarse es un hombre de costumbres fijas, desde hace más de dos años cada tarde de lunes a viernes, un poco antes de las tres, entra en la Cafetería Imperial y se sienta en la misma mesa frente a la cristalera. Los camareros se encargan de poner a tiempo el cartelito de “reservado” porque D. Julián deja buenas propinas y no quiere otra mesa que no sea esa.
Hoy llegó cuando todavía faltaban siete minutos para las tres, sereno e hierático se sentó en la silla a observar la calle, ni siquiera se quitó el abrigo, el camarero, como de costumbre, le trajo un café largo y sin azúcar, el notario le dijo un educado “gracias Paco”, pero ni se volvió a mirarlo. Ladeó levemente la cabeza para tener unos grados más de visión y esperó a que apareciera ella, como cada tarde desde hacía más de dos años. No sabía ni su nombre, pero odiaba los días festivos y las vacaciones que le impedían verla, sin ella los días eran áridos, largos y grises.
A las tres y nueve minutos, la muchacha apareció por el paso de cebra justo delante de la cristalera, caminaba tranquila y despreocupada, ajena por completo al interés que despertaba. El notario en cuanto la vio aparecer sintió que el corazón le latía más deprisa, sintió calor y frío, sintió un amago de fuego entre las piernas, sintió como si todo su cuerpo rejuveneciera y apretó los dientes y sujetó con más fuerza la servilleta que sostenía en su mano derecha y se aisló del mundo para concentrarse sólo en ella hasta que la joven cruzó por delante de la cristalera y desapareció de su vista. Él todavía tardó unos minutos en reaccionar, volvió a revivir toda la escena, recordó su rostro, su bufanda roja, su bolso en bandolera, su melena castaña movida por el viento y su paso firme cruzando frente a él.
Eran las tres y diecisiete minutos cuando D. Julián se levantó despacio, giró la cabeza para buscar la mirada de Paco y espero hasta escuchar un servil
- Hasta mañana, D. Julián
- Hasta mañana, Paco -respondió
Y empujó la puerta acristalada, el frío le sacudió el rostro, hoy tampoco se atrevió a mirar calle abajo por donde ella desaparecía cada tarde, se subió el cuello del abrigo y volvió a su vida. Mientras se encaminaba hacia su despacho, tres portales más arriba, volvió a ser el hombre serio que ya no cree en casi nada y menos en el amor, pero le alivió pensar que ya faltaba menos para que Paco le sirviera un café largo y sin azúcar… y volver a verla.
Texto de Pilar Aguarón Ezpeleta.
.:Cuento: Café:.
El café de las diez no logró despertarme. Ahí él, todo amargo y todo negro, sin azúcar, sin cuchara y sin ganas, como yo.
El café de las once llegó tan rápido que sentí que era el mismo de las diez; hasta ahora no estoy seguro si era el de las diez, de hecho.
El café de las doce me vio terminar un proyecto; mientras se enfrió vistió las paredes de mi taza inmortal con un tono más oscuro que el habitual.
El café de la una me dijo que vaya a almorzar. Le hice caso y me almorcé al café de la una y media, y de postre tomé el de las dos.
El café de las tres me dijo que fuera a casa, que abandonara la oficina por hoy y me tomara un descanso merecido. Mis dientes ovacionaron la moción del café de las tres, felices de no recibir más color por el día de hoy. Mi gastritis incipiente maldijo el momento en que pensé apagar el ordenador y dejar todo para mañana; pero bendijo el instante en que decidí quedarme hasta las nueve a terminar todos los trabajos pendientes.
El café de las cuatro me presionó para que comiera, pero, cuando iba a pedir algo de comida por teléfono, el café de las cinco me dijo que ya no tenía hambre, que me ahorrara esa plata… para comprar café, pues casi estábamos desabastecidos.
El café de las seis no soportó más la taza, que no había sido lavada desde hacia tres meses, y sintiéndose más libre que nunca se volcó para correr libremente sobre los bocetos de la siguiente campaña. Mi gastritis se sintió crecer al imaginarse cuánto se alargaría la noche para rehacer el trabajo perdido, “cuando sea grande quiero ser una úlcera, pensó, y si todo sale bien quiero ser cáncer”.
El café de las siete me sorprendió encontrando una copia de los bocetos, casi acabados, en el fondo del décimo tacho de basura que revisaba.
El café de las ocho me dijo que el trabajo estaba acabado y que lavara la taza por Dios.
Con el café a media asta me dirigí hacia los lavamanos; cuando la taza cayó al suelo logré distinguir entre los pedazos de cerámica el grito sordo de adiós del café de las ocho.
Cuando dieron las nueve me descubrí llorando sobre los restos de la loza.
Ya amaneció y mis compañeros me encontraron desnudo nadando en una mancha café que se dibujaba en los azulejos del baño. Ahora nadie dice nada, todos me miran y se miran entre ellos… y yo solo puedo pensar en que pronto serán las diez, necesito mi café.
Publicado en Blog Los cuentos que cuento
.:Affagato:.
Este nombre siempre se me olvida hasta que recuerdo en inglés “ah, forgot, oh”. Servido en los cafés europeos y también en las casas, nadie osa rechazarlo.
1 cucharada de helado de vainilla
30 ml (29 grs) de café concentrado o 30 ml (29 grs.) de café toddy
Grabo de café de chocolate (opcional)
Poner el helado en un plato o vaso pequeño y elegante, luego servir el café recién hecho por encima, colocando un grano de café de chocolate de adorno. ¡Simple, elegante y delicioso!
.:Café & cigarrillos:.
dulcemente dolorido, como -a veces-
después de un polvo de los buenos.
La luna, sajada en dos pedazos, me recuerda
el ojo ese famoso de Buñuel,
asomada un tanto tenebrosamente
por encima de los árboles.
El coche no me arranca. El parabrisas
es una roca enorme y congelada.
Así que vuelvo a casa andando,
velado el claqueteo de mis pasos
por la luna, la cabeza
llena de café caliente y cigarrillos.
Llego al portal y me detengo,
soplándome en las manos, bajo
el arco de luz que proyecta la ventana
sobre el hielo, la hierba sucia y abrasada.
Y al otro lado de esa luz te encuentras tú.
Y es que un hombre necesita en esta vida
otras cosas que no sean
lunas surrealistas, coches, oscuras
películas de Luis Buñuel.
Poema de de Roger Wolfe.
.:El marqués:.
Se combinan aquí varias especias para crear una bebida de sabor complejo que tiene estilo, clase y equilibrio. Tan oportuna como que alguien te pase a recoger en coche en un día lluvioso.
- 7,5 ml (7 grs.) de sirope de canela
- 15 ml (14 grs.) de sirope de vainilla
- 30 ml (29 grs.) de café expreso o café concentrado
- Una pizca de achicoria molida
- Una pizca de canela en polvo
- Una pizca de azúcar morena
- 1/2 taza de leche
Servir el sirope de canela y vainilla en una taza. Preparar el expreso o el café con achicoria. Verter el sirope de la taza y mezcalr bien. Añadir la canela y el azúcar moreno; dejarlo que se derrita tranquilamente. Vaporizar o calentar la leche al fuego y remover para evitar que se pegue. Cuidadosamente servir la leche sobre la mezcla, creando un efecto artístico. Tenga en cuenta que si prepara el café expreso con achicoria, debe llenar hasta la mitad con el café molido, añadir la achicoria, completar la dosis y prensar a 18,2 grs. de presión. La achicoria, si no está completamente sellada porel disco del expreso, se escapará mientras sale de la taza.
Receta del barista norteamericano Alexarc Masterma | The Black Drop CoffeeHouse.





